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Las obreras sin patrón, versión charrúa
| 21.10.2005
La historia es bastante parecida a la de Brukman. Una fábrica de trajes y tapados que adeuda grandes sumas salariales a sus obreras. Después de varios intentos de negociación, las costureras deciden tomar la fábrica. La ocupan una vez y las desalojan. Vuelven a entrar –esta vez con tácticas propias de un guión cinematográfico- y las vuelven a sacar a la calle. La tercera es la vencida. Ya producen 2.500 prendas al mes.
Un temporal impiadoso que se abatió sobre Montevideo voló las chapas del techo y dejó el lugar a la miseria este galpón de 2.800 metros cuadrados. Sin cesar, decenas de mujeres lo baldean y limpian para ponerlo en condiciones. Las obreras ya llevan un mes reparando las instalaciones de Dymac, la más moderna empresa textil del Uruguay, que desde agosto de 2002 gestionan sin patrones. Desde entonces, Alicia Paiva duerme en el lugar con su familia, en custodia de las máquinas y otros bienes. "Será así hasta encontrar una solución definitiva", explica esta mujer que lleva estampado en su pecho el retrato del Che Guevara y exhibe sobre su escritorio un manual de método de costura Singer del año 48.
Dymac nació en 1963, aunque en ese mismo solar ya funcionaba una textil desde mucho tiempo atrás. Especializada en prendas de vestir para el hombre y la mujer, el 90 por ciento de su producción estuvo históricamente destinado a la exportación. "Primero se vendía en Estados Unidos, México y Europa. Después, vino la época del MERCOSUR, pero con la crisis de Argentina y Brasil la empresa comenzó a endeudarse", describe Paiva, presidenta de la cooperativa creada por los trabajadores.
En setiembre de 2001, las obreras de Dymac fueron enviadas de manera masiva al Seguro de Desempleo. En Uruguay, se trata de un beneficio que se percibe durante seis meses sin perder la condición de empleado. Pasado ese lapso, la empresa debe decidir si retoma al personal o no. A las trabajadoras les debían aguinaldos y vacaciones desde 1999 y salarios desde mayo. "Encima nunca existió la organización sindical en la empresa, que era totalmente represora. Al mínimo reclamo que había, el compañero que oficiaba de vocero era despedido. Cada vez que el dueño venía a la planta, nosotras debíamos bajar la mirada. Si lo mirábamos a los ojos, nos echaba. Era como un doberman", cuenta Paiva, rodeada de percheros repletos de trajes masculinos recién confeccionados.
Ante la incertidumbre que generaba la nueva situación, un grupo de obreras comenzó a discutir qué hacer para conservar la fuente de trabajo. "Al principio éramos poquitas, un grupo de cuatro compañeras que íbamos y veníamos. Coincidíamos que no teníamos otra alternativa que la ocupación. ¿A dónde íbamos a ir a trabajar? Fuimos a pedir ayuda a la PIT-CNT (Central Nacional de Trabajadores de Uruguay) y nos dijeron que nos iban a respaldar. Desde ahí llamamos a todas las compañeras y citamos a una asamblea en la puerta de la fábrica. Vinieron 200 y les dijimos que había un grupo dispuesto a entrar. Finalmente, entramos todas", se enorgullece la presidenta.
Ingresar a la planta presentaba algunas dificultades: había guardias de seguridad y servicio de vigilancia. Pero Paiva, que estaba recién operada, percibía el seguro de salud en vez de desempleo, entonces tocó el timbre con la excusa de que necesitaba retirar unos papeles para realizar su trámite. Cuando le abrieron la puerta, sus compañeras -que estaban escondidas a los costados- se lanzaron detrás de ellas. A los golpes sacaron a la jefa de Personal y durante 17 días ocuparon la planta. Mientras las obreras estaban adentro, los vecinos acercaban comida y leche para que pudieran sostener la toma.
Mientras las obreras resistían dentro de la fábrica, en el Ministerio de Trabajo se formó una mesa de negociación tripartita. "Fue en vano -asegura Paiva-. Terminaron por desalojarnos por la fuerza. Nosotras estábamos dispuestas a resistir, incluso contábamos con el apoyo de algunos diputados y senadores y del movimiento sindical. Pero podíamos aguantar mientras no hubiera riesgo de lesiones, porque no se estaba políticamente preparado para soportarlas".
Cuando las obreras fueron echadas, el vecindario salió a cacerolear en su defensa, los vecinos abrazaron la fábrica y la iglesia abrió sus puertas para que el Sindicato de la Aguja, que no tenía sede, pudiera reunirse e |