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Herencia Ramirez, ante sus cosas: 'Esto es mío'

Peruanas bajo el temblor
Por Natalia Calisti, desde Pisco (Perú) | 22.8.2007

Ellas cargan con los chicos en la espalda, hacen filas para recibir una taza de arroz crudo y remueven los escombros a la par de los rescatistas para encontrar los cuerpos que quedaron atrapados bajo el temblor. Las mujeres de Pisco están al frente de las protestas para que la distribución de la ayuda humanitaria sea más equitativa.

¡Agua por favor! ¡Agua! El grito es de una mujer que está parada al costado del camino que une la base aérea de Pisco con la ciudad. Cada vez que pasa una camioneta militar, la gente rodea el camino, hace señas con las manos y pide agua y comida a los gritos. La mujer llegó primero y su voz alertó a los demás que en su mayoría, también son mujeres. En pocos minutos la vía se llenó de voces y de manos que se agitan y piden.

La base aérea de Pisco está rodeada por el ejército. Una veintena de aviones aterriza todos los días, acá y en Lima, con toneladas de alimentos, medicinas, frazadas, agua e insumos para contener tanta desesperación. Pisco está arrasada. Hace una semana se sintió el temblor más fuerte, un sismo de 8 puntos en la Escala de Richter, y el 90 por ciento de la ciudad se volvió escombros. No hay luz, no hay agua, no hay gas. Las réplicas del sismo se suceden a diario y la angustia crece, a la par del hambre.

La distribución de alimentos es caótica y de lo mucho que llega, se reparte poco. Los rescatistas no dan a basto y hay cuerpos que todavía están atrapados bajo los escombros. Hombres y mujeres se amontonan en la Plaza Las Armas, centro de la ciudad, para recibir una ración de lo que sea que se esté dando. El gobierno peruano dispuso un sistema de padrones para que la gente retire los alimentos de las postas de distribución, pero la necesidad es mucha, no todos están inscriptos y la mercadería se reparte en forma desigual: en algunos lugares hay mucho para dar y en otros, poco y nada.

Las mujeres cargan con los chicos en la espalda, hacen filas interminables para recibir una taza de arroz crudo y remueven los escombros a la par de los rescatistas, para encontrar los cuerpos que quedaron atrapados por el temblor y lo que sea que puedan recuperar de lo que eran sus casas. Están al frente de las protestas para que la distribución de la ayuda humanitaria sea más equitativa y ponen el cuerpo para cavar tumbas y enterrar a los sus muertos. Son más (o se las ve más) y sin importar la edad o el estado físico van y vienen del cementerio, con la mirada perdida pero firmes, llorando en voz baja el dolor.

Una muñeca, un jarrón con flores artificiales, un colchón, las patas de una mesa. Algunas familias duermen sobre los escombros para proteger lo que pudieron sacar porque al temblor, le siguieron los saqueos y nadie quiere perder de lo poco, lo que hay.

Herencia Ramírez vivía cerca de Las Armas, en el distrito comercial de la ciudad, tiene puesto un barbijo y con una pala, revuelve entre los escombros. Los hijos quedaron al cuidado de los abuelos en el estadio de fútbol de Pisco, donde unas 300 familias improvisaron un campamento, y ella está acá, con su pareja y dos hermanos, sacando ladrillos rotos a palazos.

A media mañana rescatan un sillón y lo ubican en medio de la calle, donde se sienta a descansar. “Esto es mío”, dice Herencia y señala un televisor destartalado, unas tazas de cerámica cachadas y una mesa ratona a la que le falta una pata. Todo está apilado al lado del sillón. Es suyo. Es todo lo que tiene.
Al frente vive una familia vecina, en una de las pocas casas viejas de las que queda la estructura. Los agentes de Defensa Civil advierten sobre los balcones: están sostenidos por los hierros que dan forma a la argamasa y en cualquier momento, se caen.

La dueña de casa invita a entrar. “Todo destruido, amiga. El baño, la habitación de los chicos, todo”. El piso de arriba tiene las paredes y parte de los techos caídos. El de abajo, resiste. La cocina y el baño están llenos de baldes y cacerolas con agua que llenaron en el camión cisterna que pasó a la mañana. Las paredes están rajadas. El aire huele a polvo de ladrillo; cuesta respirar.

El temblor del miércoles, el más fuerte, se sintió pasadas las seis de la tarde y duró dos minutos, tiempo suficiente para dejar enterrada toda la ciudad. Pisco es un pueblo grande que mantiene la estructura colonia

Artemisa Noticias
 

 


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