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Derecho de abuso
Por Susana Yappert, desde Río Negro. | 23.11.2005

En Loncopué, Neuquén, una madre denunció hace un año que sus hijas de 9 y 6 años fueron violadas por el dueño del campo donde vivían. El caso llegó a juicio y el acusado fue absuelto. El fiscal elevó el caso al Superior Tribunal de Justicia de Neuquén que aún no se pronunció. Mientras tanto, las víctimas de este derecho de pernada tan habitual aún en muchas regiones del país, reciben asistencia de la Pastoral local y de la Red Interinstitucional de Violencia Familiar. La mayor de las niñas manifiesta con claridad que se sentiría mejor si el abusador estuviese preso.

¿Será una paradoja que la santa del lugar sea Laura Vicuña?¿Será una paradoja o una absurda ironía ? Porque Laura Vicuña, Laurita como la llaman por aquí, beatificada por el Papa Juan Pablo II, se convirtió en casi santa lugareña cuando decidió inmolarse antes que ser violada por su patrón. Ella, su madre y una hermana habían venido de Chile y encontraron trabajo en un campo. El patrón del lugar intimó con la madre de las niñas y ellas fueron pupilas al colegio María Auxiliadora de Junín de los Andes. Durante las vacaciones regresaron al campo y el hombre quiso abusar de Laura. Ella lo impidió y fue castigada por el hombre. Laura regresó a la escuela enferma y a los 11 años decidió ofrecer su vida a Dios antes de ser sometida al abuso y para la liberación de su madre de  aquel hombre.

No hace mucho tiempo, y a pocos kilómetros de donde ocurrió esta historia,  se dibuja otra con algunos puntos en común. Un matrimonio vive con sus dos hijas en un campo. El campo es ajeno. El patrón lo tiene de peón al padre de familia hace 25 años pero nunca le pagó un peso en concepto de sueldo. Les dio un rancho de mala muerte, les permitió tener sus cabritas allí y la mujer y sus dos hijas le hacían de servicio doméstico. Pero el patrón pedía más por el favor de dejarlos vivir allí, exigió el derecho de pernada.

Un buen día, la madre de las niñas le contó al sacerdote del lugar que el patrón violaba a sus niñas de 6 y 9 años. Desde entonces, se desató una batalla siniestra entre el abusador, absuelto por la justicia hace unos meses, las víctimas, y quienes las amparan. Pero no sólo ellos participan de esta historia macabra, en ella se intercalan escenas que en forma de discursos  vale la pena considerar:  Por una parte, en estos lugares y en millones de parajes de este sur, se “naturaliza” a grados escalofriantes el abuso de menores y de mujeres; y por otra, la familia, víctima en distinto grado de este hombre, sigue viviendo en ese campo porque no tiene dónde ir. Este hecho hace que gran parte de la población del lugar termine por juzgarlos a ellos y no al verdadero victimario.

Historia de pueblo chico e infierno grande

Loncopué es una localidad del norte neuquino. Situada a unos 300 km de la capital y con unos 5000 habitantes que se dedican mayormente a la cría de ovejas y cabras. El párroco de la localidad, José D'Orfeo, cuenta que cubre una jurisdicción cuyo centro es Loncopué pero se extiende a unos cientos de kilómetros a la redonda, un perímetro bastante amplio que comprende 18 parajes mapuches y criollos. El padre José hace 20 años que atiende su parroquia y 25 que lo ordenara Monseñor Jaime De Nevares. Preguntarle a alguien de la iglesia neuquina a qué distancia estuvo de Don Jaime es un sello de conducta. Estos parajes del interior neuquino, tantas veces visitados y amados por De Nevares, todavía cuentan con su protección. Porque De Nevares permanece vivo en la gente y en su grey, donde sigue siendo un referente del hacer.

Con “Don Jaime” - como lo recuerda con cariño- , el padre José dio sus primeros pasos en el Barrio San Lorenzo (uno de los más pobres y difíciles de la capital neuquina), luego pasó una temporada en Piedra del Águila y finalmente fue nombrado párroco de Loncopué. El padre José nació en Balcarce pero a esta altura se siente “más de acá que de allá”, transformado por su experiencia de vida. En 1997 puso en funcionamiento la Red de Violencia Familiar, y desde entonces pasaron por allí cientos y cientos de denuncias. “Hace años- relata- sufrimos en estos lugares problemas vinculados a las drogas, la prostitución, innumerables casos de violencia doméstica y abusos sexuales. En estos lugares somos pocos  y después de tantos años conocés a la gente, protagonistas de esos hechos”.

Así comienza el padre José a narrar el caso de estas dos menores que fueron violadas por el dueño del campo donde sus padres trabajan. Un día- cuenta-

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