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'Me voy por mis hijos'
Por Silvana Trotta | 1.12.2009

Durante octubre y noviembre dictamos una Clínica sobre periodismo con enfoque de género en la Escuela Eter. Aquí reproducimos una nota producto de este taller.

Hay distancias que no tienen medida. Es decir: no hay sistema métrico conocido que pueda medir la distancia emocional entre dos palabras, entre dos frases. Entre seguir con el horror de una cotidianidad no elegida y elegir seguir viviendo.

Constanza tiene treinta años, pero parecen menos. Tampoco se pueden medir la distancia entre sus dos hoyuelos cuando sonríe y dice con orgullo que tiene cinco hijos pequeños. Pero que también se cansa, si. La cansan. Y lo dice con la culpa de un mandato instalado: una madre no se cansa. Es su deber ser.

Hubo un día, hace tiempo, que Constanza tuvo mucho miedo. Y el miedo permite elegir entre pocas opciones: 'me quedo por mis hijos'. Y esa frase quedó latiendo en mi memoria desde entonces, cuando comenzó a contarme su diario calvario de otros tiempos.

La ilusión de amor romántico atraviesa, condiciona y determina las vidas cotidianas de las personas. La de Constanza inclusive. Con veinte años recién cumplidos y su primera panza a cuestas, cargó también  con un 'amor enfermizo', que ya deja de ser amor, deja de ser sentimiento genuino, cuando se lo adjetiva. Amor celoso. Amor eterno. Amor infierno. Amor obsesivo.

Las palabras hirientes y los gritos insultantes era la comunicación efectiva,  para sostener el poder masculino en  una vida de pareja a fuerza de malos tratos y carencias. 

El mandato patriarcal de 'acá mando yo' ó 'se hace lo que yo digo' están en boca y se ponen en acto en muchas parejas de muchas Constanzas.

Constanza creía que le pasaba nada más que a ella. Que algo malo estaba haciendo para que desencadenar tanta furia en su marido.  ¿Seré una buena madre?  ¿Le faltó sal a la comida? ¿Realmente se emborracha 'para soportarme', como dice?

El segundo bebé la encontró a Constanza con todas éstas preguntas y ningún pañal descartable. Las bolsas de plástico y telas de sábanas viejas protegían las colas del maltrato: el derecho vulnerado de no dar a los niños lo necesario para que crezcan sanos, para que su cuerpo no se enferme ni lastime, es maltrato. Constanza lo intuía con la certeza de que pronto todo ese infierno terminaría.

Las estrategias de supervivencia diaria eran infinitas. Poca comida para alimentar a tres niños: uno, el de su pareja, al que adoptó como propio, sin hacer diferencias. Los platos vacíos se llenaban con las sobras de comida que le pasaba generosamente su hermana, que también cargaba con una historia parecida de padecimientos y varios hijos: se repartía lo que había y se compartía el dolor punzante entre mates apurados y sonrisas inocentes, cuando los hombres no estaban en casa.

La violencia institucional también forma parte de las violencias cotidianas y a Constanza la sorprendió tristemente: cuando tuvo que ir a retirar las pastillas anticonceptivas del centro de salud del barrio, se encontró con que no había más: -mamita, volvete en una semana, se perdió la llave del armario donde las guardan...-Ó había que comprarlas en la farmacia. Ó usar preservativos. No había la más mínima posibilidad de invertir cincuenta pesos en un blister, ni de sugerir a su pareja que se proteja, que la proteja. Eso es problema de mujeres…

Muchas veces el NO, de las mujeres, es subestimado como un acto histérico en las relaciones violentas, como un SI disfrazado. Es un avasallamiento a sus derechos. La mujer es posesión y propiedad de su pareja. La 'obligación' de cumplir con los mandatos sexuales- conyugales no otorga voz ni voto. 

Y el tercer embarazo no esperado por Constanza llegó y fue creciendo. Como crecieron los insultos y los golpes, la falta de comida y la indiferencia policial, que necesitaba otro moretón más para dar por sentado que ella padecía violencia doméstica.

Pero Constanza creaba sus propias estrategias de supervivencia. Si no había comida, se pedía, o se cocinaba lo que había.  Si no había pañales se los fabricaba. Si había moretones, el polvo facial los tapaba y ella seguía adelante. Pero el polvo facial no tapaba las infinitas manchas de su alma...

Un día los gritos y los insultos subieron a decibeles descomunales. Ella se encerró en la piecita con los chicos. Los acarició amorosamente y les dijo al oído que se queden tranquilos. Salió del cuarto, puso llave a la puerta  y estrelló las botellas de vino contra el piso, mirando desafiante a los ojos de su marido.  Constanza no soportaba más esa vida miserable y le dijo que se iba para siempre. Que se llevaba a los chicos. El se abalanzó y la zamarreó como para que se arrepintiera de todo lo que decía. La amenazó con matarla, con sacarle los nenes. Le dijo puta, mala madre, y quizá un montón de barbaridades  más que quedaron atrapadas en su garganta, cuando cayó pesadamente víctima de su propia adicción, de la borrachera descomunal de la cual era culpable su mujer.

Constanza tenía un bolsito con pocas cosas, preparado hace varios días, cuando la idea le empezó a rondar por su cabeza. Llamó un remís y cargó nerviosamente a los chicos para no volver.

La distancia emocional entre 'me quedo pos mis hijos'  hasta transformarse en 'me voy por mis hijos', como me dijo Constanza una vez, es la distancia entre la vida digna y los mandatos patriarcales. Constanza fue constante  en pensar cada día, que se podía salir de esa situación. Solo se tuvo a sí misma y a sus convicciones a pesar de la adversidad cotidiana. Hubo un día, en que se pensó mujer, en que tenía derechos y no culpas. Pudo sostenerlo. Y  sostener lo que pensaba la ayudó a sobrevivir.

Lo que siguió después fue un largo deambular por pasillos de juzgados, comisarías, servicios municipales de atención a victimas de violencia y la certeza que era digna de derechos. Ella y sus hijos.

Pasaron dos años. Constanza está embarazada nuevamente. La ecografía dice que es una nena deseada. Morena. Y sonriendo, ella dice que no va a repetir la historia con el papá de su quinta hija.

El le alcanza un mate y le sopla un beso tierno a la panza enorme. Mientras Constanza acuna un oso de peluche, que todavía cruje en su frazadita de papel regalo…

Artemisa Noticias
 

 


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