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   Placer  | Disciplinas corporales


Mora spa

Pausas perdidas
Por Sonia Santoro | 16.9.2005

Los spa que combinan disciplinas orientales con las tradicionales que buscan belleza y salud, empiezan a reproducirse. Una cronista visitó uno de ellos y volvió para contar por qué vale la pena sumergirse en estas experiencias profanas.

  La invitación decía "traer ropa cómoda tipo jogging, mallas y calzado con suela de goma. El spa le provee salidas de baño, toallas y ojotas". La posibilidad de meterse a la pileta en pleno invierno -imagínelo, agua caliente y vidrios llenos de vapor por el frío del afuera-, de pisar un poco de pasto y oler a humo de asado es de por sí tentadora. Pero el plan incluía clases de yoga, meditación para no iniciados y masajes a cuatro manos incentivando el tercer ojo. Pampa húmeda y Oriente, rara combinación. ¿Pero está tan alejado el gaucho que toma mate mirando al horizonte de un budista zen? Parece que la moda iniciada hace más de 40 años con el encuentro de los Beatles con el Mahariji se había metido también con el mundillo de la belleza y la relajación.

  Había que probarlo. El spa Los cuatro amaneceres (http://www.loscuatroamaneceres.com) esperaba a poco más de una hora de ciudad de Buenos Aires, a metros de Tomás Jofré, un pueblito de esos cuyas casas no superan los dedos de una mano y donde la noche tiene la negrura del universo. La Estancia San Ceferino (http://www.estanciasanceferino.com.ar) también tenía una propuesta: su Mora Spa, otra combinación de hacienda agrícola ganadera y Patio de los Naranjos, ubicada en Luján.

  En los monasterios zen japoneses el momento del baño es sagrado. Se reza un mantra antes de entrar y luego se está en silencio aunque el ritual es compartido. En estos complejos profanos puede suceder cualquier cosa, momentos de charlas reveladoras surgidas a borbotones frente a desconocidos u otros de silencios ensimismados que suenan casi hostiles, pero no para el que los logra, claro.

  Pensar que hace poco más de un siglo el baño era objeto de lujo, el agua del aljibe se reservaba para el uso de la mesa; y que el Río de la Plata era a la vez bañadera gigante y fuente de agua para la ciudad. Más lejos que eso no podemos estar aquí, donde lo que sobra es agua y humedad de la buena, no de esa que provoca neumonías y dolores de huesos. La sola idea de andar descalzos sin que un chucho de frío azote los omoplatos, de moverse sin ropa de aquí para allá durante todo un fin de semana, de crear una rutina de pileta climatizada, sauna seco, sauna húmedo, ducha y así, ahhh… relaja hasta el más tenso.

  El objeto asiático
  
  Mora Spa surgió de un apasionamiento de los dueños por los objetos asiáticos: en sus viajes trajeron lámparas marroquíes, tapices de Egipto, budas de Nepal y una colección de marionetas. Y todo está ahí, al alcance de la mano. También su cultura, su conocimiento milenario y holístico.

  Juan Puig, músico terapeuta, y Ana Eleta, profesora de yoga y masajista, guían a los visitantes por todo tipo de propuestas para atacar las tensiones y liberar la cabeza, desde reiki con gemas y masaje tailandés hasta el masaje sonoro, que intenta despertar con vibraciones de diferentes instrumentos musicales cada molécula, célula, tejido, órgano y fluido del cuerpo. También está el masaje holístico a cuatro manos para parejas -aunque esta cronista recomienda asistir sola, o solo, a estos encuentros, la urbe tiene momentos de sobra para el pegoteo marital.

  El Temazcal, que viene de México, es una de las prácticas más tentadoras. Todo transcurre en un iglú de adobe. Una "madrecita" (Ana Eleta) es quien maneja la temperatura del temazcal echando diferentes tes de hierbas medicinales sobre piedras volcánicas, conocidas como "ancianitas". Esto crea unas nubes de vapor fortísimas que incentivan la transpiración y la depuración "del cuerpo y el alma", dice Juan, que es el "temazcalero" que guía el trabajo con cantos y ha sido testigo de cambios abruptos en los asistentes en apenas un día de tratamiento: acelerados, impacientes, hablando alto, dem

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