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El bienestar
Por Carolina Sborovosky | 10.6.2010

En 'El bienestar' (Ed. El fin de la noche), Carolina Sborovosky, aborda en formato de diario la vida cotidiana de una joven que acaba de separarse e intenta estar bien por distintos métodos medicinales y de los otros. En esta novela la vida urbana se cuenta con humor y frescura. Ofrecemos un adelanto.

2 de noviembre
De la primera mañana sin A. recuerdo mi pelo húmedo pegoteado en la nuca, una remera ajena y la bombacha puesta al revés. Cuando me despabilé un poco noté que estaba en una casa desconocida porque faltaban A. y Salieri, y entonces me volvieron las arcadas y la taquicardia. Por suerte, en seguida Mara me trajo jugo, galletitas y té 'para que te hidrates, vomitaste hasta la bilis', y se quedó conmigo hasta que me bajaron las pulsaciones. Intenté dormitar un poco más, hasta que el novio de Mara golpeó la puerta para avisarme que en media hora tenían que irse. Me vestí con el pantalón arrugado y la polera dura de la noche anterior y después me lavé la cara. Para agradecerles, invité a Mara y a su novio a cenar en casa, pero ya tenían planes para la noche. Nos despedimos con un abrazo y la promesa de una próxima salida. En la calle tomé dos Falgos y medio Rivotril.

Las mejores cosas que A. hizo por mí:
- Veinte días de fidelidad y abstinencia durante una dermatitis con herpes e hinchazón
- La milhojas para el primer aniversario
- Cargar mi mochila los cuatro días de travesía a Machu Picchu
- La vigilia durante el peor ataque de pánico de mi vida
- Soportar a mi familia las cuatro últimas Navidades

3 de noviembre
La obra trataba sobre dos estudiantes del interior que cursaban medicina en la Capital y sus novias, y daba vergüeza ajena. El público –que igual que nosotras conocía a los actores porque trabajaban en la tele– terminaba festejando o riéndose sólo cuando a alguien del elenco se le escapaba un gesto de la sitcom que pasan todos la noches a las nueve.

Yo estaba muy desconcentrada, y en vez de seguir el libreto pensaba en qué haría cada actor en su vida real, con quién viviría, si habría alguna pareja en el elenco, en cómo harían para enfrentar al público un día de sensibilidad. En un momento una de las actrices ablandaba todo su peso en una silla porque quería dejarse hipnotizar para ayudar a su novio a practicar para el examen de psiquiatría, y cuando él le pidió que se dejara ir en trance, la actriz apenas abrió los ojos para que no se le viera la bombacha al desplomarse en el piso. Fue un segundo, pero me pareció que los de las primeras filas tuvieron que haberlo notado y me sentí muy incómoda, casi como para irme. Pensé en todas las veces que me había dejado ver en situaciones vergonzozas, y entonces odié haberle pagado a esa actriz toda prolija a la que ahora su novio le ordenaba vestirse con ropa de cuero y collar de perro sólo para que la gente fantasee con ella y deje de prestar atención a la obra, que igual era muy mala.

Más tarde:
Durante la obra, la pareja sentada en las butacas de adelante cambió de poses a lo largo de las escenas. Primero arrumacos, después se recostaron en los apoyabrazos individuales, y al final ya resoplaban. Mara opinó que a diferencia del cine, en el teatro la gente paga para ver lo mismo que en la tele de sus casas, pero de más cerca. Yo no estuve de acuerdo, porque cuando iba a la sinfónica con A. disfrutaba por hacer lo que en casa jamás hacíamos, como darle propina al acomodador o tener alguna conversación respetuosa con algún compañero de fila, jugar a ser como esa actriz siempre correcta por un rato.
En mi celular, una llamada perdida.

4 de noviembre
Lo mejor que hice por A.:
- disculparme con su padre y con su hermana aunque yo tenía la razón
- gastar la mitad de mi aguinaldo en entradas para el concierto de Martha Argerich y la otra mitad en el abono para la sinfónica como regalo de cumpleaños
- encargarme de todos los trámites: su inscripción al monotributo, su certificado médico para el club, su carnet para alquilar películas, la denuncia de extravío de su cédula de identidad, la renovación del contrato de alquiler de nuestro departamento, la vacunación de nuestro perro
- afeitarme el pubis
- cinco sesiones de bioenergía para parejas

5 de noviembre
Cuatro llamados a intervalos de diez minutos (en dos ocasiones, cortaron al oír mi voz que fingía enojo). Según mi identificador, el número corresponde al mismo locutorio desde el que me llamaron el mes pasado. Busqué en el 110 de internet la dirección, que resultó a sólo doce cuadras de casa: el martes después de la clase de fotografía paso para conocer a la segunda persona más ansiosa de la ciudad después de mí.

Más tarde:
Mejor voy el jueves: necesito comprarme ropa.

De nuevo:
¿Sos vos, PAV?

6 de noviembre
Compensada. Nivel de galanina y neuropéptidos normal.

8 de noviembre
Como una tonta, me puse a limpiar toda la casa para recibir a la novia de Salieri. Mientras pasaba el trapo de piso, como si a la perra le importase que las baldosas brillaran y el ambiente oliese a lavanda sintética, volví a pensar en el PAV del curso de fotografía y recordé un detalle: hace algunas clases, sentada dos sillas detrás de él, pude ver que a través de la ojota su dedo gordo sobresalía como un animalito oprimido, ¿sufrirá una sinovitis? Lo seguro es que no tiene ninguna clase de complejo (en su lugar, yo jamás mostraría un pie así). Igual, las desproporciones físicas son preferibles a las emocionales, así que si lo del locutorio no funciona podría acercarme con alguna excusa, tal vez pedirle opinión sobre mis fotos, y ver si entre los dos surge alguna compatibilidad.
Suena el timbre.

De noche:
Sin ningún preámbulo, Salieri montó a la perra en el pasillo de casa. Todo iba bien hasta que la muy ingrata se sentó. Pero él, con habilidades sorprendentes para un perro virgen, volvió a la carga: primero lloriqueó y después, decidido, comenzó a sobarle el lomo hasta convencerla. Lo insólito fue que cuando Bonita al fin se levantó comenzó a hacerle a él el vaivén de la cópula. El dueño de la perra ayudó a Salieri a zafarse del error y con mucha paciencia lo guió hasta la posición correcta. Después de un rato sin resultados, le pregunté si estaba seguro de que su perra estaba en celo, y él señaló la gota marrón en el piso que había baldeado en la mañana.

Artemisa Noticias
 

 


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