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Adelanto: Una reina perfecta
| 7.3.2008
En “Una reina perfecta” (Alfaguara, 2008) los relatos tienen a las mujeres por protagonistas: son niñas, adolescentes, adultas, todas con tronos que tambalean y falsas coronas, siempre atentas a los movimientos del deseo y a la propia felicidad. Su autora, Inés Garland, es periodista y escritora, y ha obtenido varias distinciones por sus relatos, como las del Fondo Nacional de las Artes en 2005. Aquí ofrecemos uno de los cuentos como adelanto.
Electrocardiograma de riesgo
La recepcionista anota nombre, dirección, teléfono, número de plan, edad, motivo de la consulta y le hace firmar una enorme hoja impresa sólo en la parte superior. —El doctor Lennon ya la atiende. Espere allí —dice señalando unos sillones. Hay mucha gente en la sala de espera. Lennon. Tal vez le haga el electro de riesgo quirúrgico cantando Let it be. Un nenito se tira al piso y se arrastra por la alfombra frente a la indiferencia de la madre que lee una revista. —¡Rami! —dice la mamá sin levantar la vista de la lectura. El chiquito se detiene, la mira, se sigue arrastrando. Un señor de bastón con zapatos impecables mira con reprobación al chiquito y a la madre y a casi toda la gente que entra. Trata de reprimir unos violentos ataques de tos que le dejan los ojos llenos de lágrimas. El adolescente a su lado parece a punto de caerse del sillón de puro desprecio por la vida; lo aburren tanto el viejo, el niñito reptil, la madre; ella misma también lo aburre. —Señora Solá —la llama desde una puerta una voz ronca, de hombre: Lennon parapetado. Ella va hacia el consultorio y ahí, junto a la puerta y con una sonrisa de dientes blancos y parejos —no, tiene un diente partido, encantador, que le da un aire de no portarse del todo bien— el doctor Lennon le da la mano y la hace pasar. —¿Qué la trae por aquí? Ella le cuenta lo de la operación. Él conoce a su doctor, una eminencia. ¿Le explicaron lo que le van a hacer? No, no demasiado, y él empieza a dibujar en la parte de atrás de la orden —tan blanco que era el reverso de su orden— unas venas con unas válvulas que, dice él, son como puertas que se abren para dejar pasar la sangre y se cierran para que la sangre no vuelva. —Como si yo la hiciera entrar en el consultorio y después cerrara la puerta para no dejarla salir. Los latidos de su corazón se aceleran. Mientras a él no se le ocurra hacerle el electrocardiograma justo ahora que su corazón se acaba de disparar. —A ver —dice él parándose—. Quiero escuchar su corazón. Abre un biombo y le indica que se desabroche el corpiño. Ella no tiene puesto un corpiño con broche sino uno que se saca por arriba —si hubiera sabido se habría puesto un corpiño de encaje—, porque desde que se separó dejó de pensar en la ropa interior: por la tristeza y por eso de que después de los treinta años una mujer tiene más probabilidades de que la mate una bomba que de encontrar un hombre. ¿Cuántos años tendrá el doctor Lennon? —Mi corpiño no tiene broche —dice con la voz lo más parecida a un reporte meteorológico que puede lograr (o lo más parecida a la del doctor, desabróchese el corpiño, como si decirle eso a ella después de lo de la puerta cerrada no fuera una provocación). —No importa. Acuéstese. Él apoya el estetoscopio sobre su pecho y escucha. El corazón le galopa, ella lo siente. Despacio, despacio, ordena, respirar hondo. El doctor sonríe con su diente partido. —Muy bien —dice—¿de qué trabaja? Tiene apenas unos segundos en la vida para seducir al doctor Lennon ¿será casado? Ella nunca supo jugar esos juegos. Se vuelve estúpida, rígida, le han dicho tantas veces que parece inalcanzable. Pero si el doctor dejara apoyada su mano tibia —a ella le da tanto placer su mano tibia sobre la piel, la vuelve tan alcanzable. Una enfermera aparece de pronto, le limpia la piel con alcohol helado y le enchufa los electrodos. El doctor se acerca a la máquina, apoya la mano en el hombro de ella como si así fuera a tranquilizarla y le sonríe, diente partido, el dibujo del electro se va a salir de los bordes de la tira de papel. —¿Cuándo se opera las várices? ¿Por qué tiene que llamar así a su safena? Es mucho más linda la palabra safena, con ese aire un poco griego que en todas sus consultas con el flebólogo —otra palabra denigrante— le ha permitido soportar la humillación de estar parada en una tarima mientras le dibujan caminos por las piernas en marcad |
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| Artemisa Noticias |
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