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Superpoderosas
Por Alejandra Dandan | 8.8.2007
No es sencillo trazar un mapa común entre las mujeres que intentan explicarse qué cosa es la maternidad. Dónde se la coloca. O en qué se convierte cuando se la piensa como parte de una vida en la que se debe compartir espacios con trabajos, carreras, profesiones y hasta la vida sana de un gimnasio. Esos parecen ser los mandatos para las madres superpoderosas, mujeres omnipresentes que desde algún lugar multiplican sus fuerzas o sus máscaras para lograr estar en todos los lugares a la vez.
Hacia fines del año pasado, Alonso González Calderón entendió que tenía que dejar su trabajo, una de las áreas calientes del gobierno de la Provincia de Buenos Aires por donde veía pasar cuervos, buitres y negocios. “O me iba”, explica. “O terminaba avalando situaciones que no podía aceptar, y la verdad es que no quería”. Mientras tanto, su mujer trabajaba de siete a tres en la justicia, otro de los poderes de un Estado que parecía pegarse a ellos como una sombra. Gabriela tenía una impecable carrera judicial, siempre en ascenso, y había alcanzado el grado de secretaria justo antes del embarazo. Aquella panza luego creció y con el bebé de ocho meses se toparon con este dilema. - No puedo evitarlo - dice él -. Yo no sé si un tipo de 20 años piensa distinto, pero en esto yo me siento del siglo diecinueve: el hecho de sentir que sos vos el que tiene que proveer el alimento es una especie de mandato y es como que hay que cumplirlo de esa manera. Eso lo tenés en la cabeza y no lo perdes. Eso, y el tema de determinados valores morales, sentís que tenés que ser vos el que los transmite.
- ¿Cómo funcionaron esos mandatos cuando dejaste el trabajo?
- Yo dejé el laburo por una cuestión, si se quiere, vinculada a mi escala de valores, me pedían hacer cosas que no estaba dispuesto a hacer. `¿Qué es más importante?`, me dije. `¿La economía o lo que podía transmitir a Julieta?`. Y no puedo negar que se hizo más fácil porque tenía alguien al lado que aportó para la olla, pero si no hubiese sido así, creo que la decisión hubiese sido igual.
- ¿Cómo funciona la cosa cuando Gabriela paga la olla?
- Y sí, te sentís disminuido, te pega. Pero yo trato de mirar la cosa no como fotos, sino como en una película: me digo, no importa, ya voy a recuperar, voy a seguir recuperando.
Gabriela Sánchez Negrette pasa sus mañanas en un juzgado penal, uno de esos estrados por donde dan vueltas cuerpos acuchillados en situaciones irremediablemente domésticas. Para el futuro no imagina demasiados cambios. Piensa que los exámenes para los ascensos continuarán regularmente y con los años pasará de secretaria a jueza o fiscal. Pero en ese mundo en el que las ollas también las pagan las mujeres, las cosas del ascenso no parecen tan simples. Gabriela se da cuenta de que muchas veces antes de volver a casa, busca un bar para sentarse a estudiar durante unas horas porque cuando llega su territorio judicial se pierde entre las caricias de Julieta.
“Sé que si vuelvo, no puedo estudiar”, explica ella. “Tengo exigencias a nivel profesional porque hoy por hoy tengo que trabajar y seguir estudiando. Igual, me pongo un horario, tal vez estudio en la siesta de Julieta o en el bar. A veces quiero jugar todo el tiempo con ella, pero a mí estudiar no me encanta, por eso prefiero estar afuera, porque en casa me parece un desaire irme a otro cuarto. Aún así, te agarra la culpa, y trato de volver con un cuento o algo divertido a pesar de que no entiende demasiado y me la reservo para estar jugando con ella durante un rato. También me reservo el baño, cuando vuelvo el baño lo comparte conmigo”.
Los fines de semana, los planes cambian. La madre vuelve a vestirse de madre, abandona los placeres lujuriosos de los casos judiciales y se somete a la disciplina familiar, encantada. A partir de entonces y durante dos días será madre de tiempo completo, esa dimensión que nunca nadie parece satisfacer completamente.
“Y bueno, es lo que me toca”, suspira. “No soy una mamá de tiempo completo, me parece que no queda otra, igual y sino me criticaría por otras cosas, la parte que me toca a mí es la del laburo. No va a ser ahora, ni dentro de pocos años, pero sé que algún día me va a entender. Igual, terapia hacemos todos”.
Las historias de Gabriela y de Alonso, sus dudas y esas respuestas que se van dando mientras tratan de entender dónde ponerse. Del t |